Fallece Billy el Niño, uno de los personajes que aparecen en mi novela.

En mi novela La calva de Shakespeare , aparece el antiguo agente de la brigada política del franquismo.

La aparición de la novela, prevista para el pasado Día del Libro, ha tenido un retraso lógico por la situación pandémica que vivimos estos días. Mi intención era hacerle llegar un ejemplar a Juan Antonio González Pacheco, conocido como Billy el niño. Le pusieron este mote por la facilidad que tenía para sacar el arma. No ha sido posible y, tal vez, se haya ahorrado un disgusto… y quizás, yo también.

Mucho se ha escrito sobre el tipo en cuestión. Lo cierto es que, este icono de la represión franquista, se ha ido al otro mundo sin ser juzgado por sus crímenes y sin serle retiradas las medallas, que por sus atrocidades, le regalo el régimen. No quiero juzgarle, ni decir que, en este caso, la cobid19 ha hecho justicia, sólo os incluyo la parte de la novela en la que sale él.

PAGÍNAS 98 Y 99

Llegué al Manila y me dirigí al bar donde me esperaban dos chacales de la Social. Uno de ellos se encaminó en dirección a la entrada, seguramente para cubrir una posible huida. El otro vino directo a mí, señalándome con un índice torcido como sus intenciones. Era un tipo joven, pequeñajo y torpe, de rostro cerúleo y melena larga y alborotada que nevaban de caspa el cuello y las solapas de su chaqueta. En aquel mismo momento un par de coches oficiales con Pelayo Ros y sus invitados aparcaban frente al hotel.
El retaco de rostro aniñado levantó la testuz para llegar a mi altura y poder mirarme a los ojos.
—Brotons –dijo tuteándome–, tendrá que acompañarme.
—¿Adónde? –le pregunté, para ganar tiempo.
—A la Jefatura Superior de Policía.
En aquel momento entraba el gobernador civil y su chispada comitiva. El policía que cubría los accesos se cuadró al reconocerle.
—Caramba, Brotons –exclamó el gobernador civil desde la entrada, venimos dispuestos a probar lo surtida que está su bodega.
—Encantado, gobernador. Me disculpará un momento, el señor… –dije señalando al policía–, quería preguntarme algo.
—Pues dese prisa, agente, Brotons tiene que atendernos.
El fulano de la melena larga y casposa vaciló.
—Venga Brotons, que tenemos sed… ¡Ah! Y mañana quiero verle en la representación del Liceo. No me falle –profirió Pelayo Ros, mirando de soslayo a los dos policías.
—Acudiré con mucho gusto, señor gobernador.
—Eso espero, si no soy capaz de enviarle a… ¿cómo se llama usted? –preguntó al poli bajito de cara de cera.
—González Pacheco, excelencia.
—No le conozco, González.
—Soy de Madrid, estamos en Barcelona de apoyo al comisario Vicente
Creix.
—¿González Pacheco? No será usted el del lío del estudiante.
—Me temo que sí, gobernador.
—Pues dese una vuelta por ahí y dígale a Creix que deje de hacer el capullo.
Me había salvado por la campana, es decir, por don Pelayo… Pelayo Ros.
—Ya puedes estar contento, Brotons, te he sacado de encima nada menos
que a Billy el Niño, ese también es de los que se le caen los detenidos desde las ventanas, como a tu amigo Creix.
—¿Y cómo llega un tipo tan pequeño al quicio de la ventana? –dije, ya más tranquilo.
—No juegues con tu buena suerte, Brotons –contestó el gobernador, dando un largo trago a su bebida…